No dejes en el olvido el sollozo punzante que señaló tu pecho de porvida.
Abrázalo, cuídalo como tu mejor reliquia y no lo perpetúes como el detonador que descendió tu alma a honduras vertiginosas.
Siente el poder de profesar la desgracia como un adiestramiento de vida y admira sin titubeos el edén de sentirte inquebrantable.
¡Lindo, un fuerte abrazo!
Abrázalo, cuídalo como tu mejor reliquia y no lo perpetúes como el detonador que descendió tu alma a honduras vertiginosas.
Siente el poder de profesar la desgracia como un adiestramiento de vida y admira sin titubeos el edén de sentirte inquebrantable.
¡Lindo, un fuerte abrazo!
